En el infierno, los cumpleaños son una condena. Para el héroe de la clase trabajadora, que después de haber entregado la vida por un salario miserable se enfrenta a un destino triste, solitario y final; para la estrella de rock que después de haber tocado el cielo con las manos, un mañana se encuentra con los pies en la tierra y sin nadie, ni siquiera ese monitor insoportable, le pedía un autógrafo.
En el cielo, sí, acá a la vuelta, en las plazas desangeladas, en el mini de la esquina, donde aunque esté prohibido te vende un litro de felicidad instantánea, veinte gramos de felicidad instantánea, veinte gramos de alegría barata, corte paraguayo, luz cegadora, cerebro hamburguesa, está todo mal. Peor que mal, y nadie hace nada para remediarlo. Nadie hace más que mirar para el otro costado, señalar con el dedo, poner cara de circunstancia.
¿Y los aliados, los socios, dónde están? ¿Qué hacen cuando ven que los pibes de mi barrio se esconden en los caños, espían al cielo, usan cascos, curten mambos escuchando a Clash, cuando no se puede más que ver películas, cuando se disuelve el horizonte? Lo mismo que cualquier hijo del vecino. Par de pilas nuevas para el walkman y un boleto en micro para Río y un cassette de días y días y días.
Como esos otros pibes que, en medio de la primavera del amor, salieron a la ruta a perseguir un sueño. 1969, Estados Unidos, camisa floreada, pelo largo, espíritu libre y a lo lejos, como el único destino un cartel que anuncia: ''Bienvenidos a Woodstock''. El pueblo, el festival, la película. Los que están alrededor, todo al rededor son aliados, socios del desierto que dejo Vietnam, el baby boom, las pastillas: una vida vacía.
Es igual que en Vélez, donde los hippies viejos, con el restro cansado andar lento, la cabeza rapada, llegan en grupos, arman con el alba. Van a ver a Almendra, a Pescado, a Invisible, como en los buenos viejos tiempos, como en aquella noche en Sportivo América, cuando el Flaco, más Flaco que nunca, cantó por primera vez y para siempre ''Durazno sangrando'', y el mundo, sí, este estúpido mundo, cobró sentido.
Son un puñado, una legión, y se sienten en el paraíso con su su propio, personal, Jesús. Todos querramos o no, tenemos nuestro propio Woodstock. Todos tenemos aliados, socios, hermanos en armas. Aquí, allá y en el hipódromo también. La noche menos pensada, bajo la luna más blanca y redonda que haya iluminado el parque jamás, escuchando como se pierden en la oscuridad las últimas notas acompasadas de ''Inconsiente colectivo''. La seremonia del adiós.
Un woodstock, el de Charly; otro, el del Flaco, con las bandas eternas. Yo tuve el mio también. Hace mil años, en Funes. En un día de la primavera, que en ese tiempo usaba Levi's pata de elefante, camisas con cuellos voladores, y una cadena gruesa brillante, dorada, alrededor del cuello. La tarde era inmensa: sol, calor, pic-nic, Coca y familiar de milanesa. En el escenario, que estaba a ras del piso, cero patovicas, tocaba Arco Iris. ''mañana campestre'' ¿Se puede ser más hippie?
Sí, claro. Y se puede ser demasiado viejo para el rock, y demasiado joven para morir. Mirar las nuevas olas y ser parte del mar. Pero también caminar por el lado oscuro de la luna, correr por la carretera del infierno, tener apetito por la destrucción.
Rodeado de viejos vinagres, todo alrededor. No importa. Ahí estarán los aliados, los socios del desierto. La parte de la religión que nos toca en suerte. Nuestro propio, personal, WOODSTOCK.


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